10 ago 2011

UNA BALA PARA ÍCARO

Fat Goran se incorporó apoyando la espalda en el cabecero de la cama, pasó ambas manos por su rostro sudoroso y cogió la pequeña bandeja de acero inoxidable que había sobre la mesita de noche. Con una cuchilla de afeitar cortó el polvo blanco que contenía y preparó dos estrechas rayas con sus fríos ojos azules fijos en la delicada maniobra. A continuación, introdujo un estrecho y corto tubo metálico en uno de los orificios de su nariz y, aproximando la cara, aspiró con fuerza. Cerró los ojos. Parpadeó varias veces y respiró de manera entrecortada. Se apretó la nariz con los dedos índice y pulgar y masajeó el tabique nasal, emitiendo un par de jadeos ahogados que hicieron vibrar la flácida y carnosa papada que deformaba su cuello. Miró a la chica tumbada a su lado, que lo observaba asqueada con ojos enrojecidos, y le ofreció la bandeja. Ella, en respuesta a su ofrecimiento, se giró en el colchón dándole la espalda. El tipo se encogió de hombros y con un rápido movimiento esnifó la segunda raya. La habitación del hotel pareció difuminarse por momentos y todos los muebles y objetos adquirieron la apariencia de borrones acuosos de colores tornasolados. Se sentó en el borde del colchón y tomó un largo trago de una botella de ginebra que había en el suelo. Desde la sala que había al otro lado de la puerta se oía el sonido de la televisión y las carcajadas de tres de sus hombres. Esperaban para llevarse a la puta. Quizá también se la follarían. No lo sabía a ciencia cierta. La verdad era que lo que luego hicieran con ella, o con su cuerpo, le era totalmente indiferente. Se levantó y dio unos pasos a punto de perder el equilibrio. Se detuvo en seco y, soltando una maldición, levantó el pie izquierdo, no sin dificultad, y con dos dedos despegó de la planta un condón usado. Había varios de ellos diseminados por la moqueta lila que cubría el suelo. Dos más vertían su contenido sobre el cristal que cubría la mesita. Se rascó los testículos y se encaminó al cuarto de baño dando saltitos con sus piernas arqueadas y demasiado cortas. Orinó y dejó escapar varias sonoras ventosidades, hecho que le provocó un ataque de risa, seguido de un acceso de tos. Regurgitó algo que escupió en la taza del váter y tiró de la cadena. Al volver a la cama observó que la chica permanecía todavía en la misma posición. Su respiración era casi inaudible y acompasada, como si durmiera. Él sabía que estaba despierta y muy asustada. Esa certeza le hizo sonreír y notó como su pene se erguía de nuevo. Se tumbó en la cama y rebuscó entre las sábanas revueltas y sudadas hasta encontrar un paquete de cigarrillos. Encendió uno y le dio una calada. Su cerebro bullía alucinado. Pensamientos plagados de imágenes caleidoscópicas se elevaban al tiempo que las juguetonas volutas de humo. Volvió a sonreír e hilillos de saliva resbalaron por las comisuras de sus labios.
Goran Petrovich, o Fat Goran, como se le conocía en el mundillo sumergido del narcotráfico barcelonés, resopló satisfecho y se quedó quieto durante unos instantes, paseando una mano por su pecho obeso de gruesas tetas, mientras la otra reposaba sobre su abultado vientre de piel rosada y pecosa. Giró la cabeza hacia la muchacha y recorrió con ojos turbios y lascivos la larga y oscura melena rizada, la hermosa espalda, las estrechas caderas, los gluteos redondos y suaves y las piernas largas de músculos flexibles. Había sido un regalo inesperado que su jefe le había enviado en reconocimiento por su fidelidad y buen hacer en los negocios. Se llamaba Maya, tenía diecinueve años y era eslovena, o al menos eso había entendido, pues habían intercambiado algunas frases en francés, idioma que él apenas chapurreaba erráticamente. Al principio, ella se había resistido; le había parecido demasiado remilgada. Pero un par de bofetones bien dados la habían suavizado como la mantequilla. La lástima había sido golpear un rostro tan bonito como el suyo, con aquellos ojos color miel, la nariz fina y recta y los labios carnosos, que ahora deslucían algo amoratados. Sin embargo, desde ese preciso momento había hecho sin quejarse todo lo que le había pedido. Había soltado más de una lágrima, eso sí, pero había comprendido que era mejor ceder a sus caprichos sin rechistar. ¡Y como había disfrutado al descubrir que era virgen! Aquel era un detalle que su jefe, sin duda, había tenido muy en cuenta a la hora de agasajarlo. Se entendían a las mil maravillas, su jefe y él; eran uña y carne. Fat Goran no dudaba en jactarse ante los demás de su buena estrella. Había ascendido de manera fulgurante en la jerarquía de la organización y, ahora, no habiendo cumplido todavía los cuarenta años, gozaba de importantes privilegios y prestaciones. Y aquello se debía a su innata astucia para los acuerdos y las transacciones entre intermediarios y clientes. Era inteligente y no le faltaba creatividad a la hora de afrontar un negocio. De esa manera, al mismo tiempo que las arcas de la organización se llenaban más y más, gracias al constante éxito de su labor, sus múltiples cuentas bancarias abiertas en los principales paraísos fiscales del mundo multiplicaban geométricamente la cantidad de ceros. Sí, era muy bueno, y eso hasta su jefe lo reconocía sin ningún pudor. Ahora bien, Goran era demasiado ambicioso para conformarse con el mero papel de subalterno, por muy lucrativo que éste fuera. Quería una generosa porción del pastel y para ello había optado por eliminar a sus competidores más directos poco a poco, con mucha paciencia. De vez en cuando una cita concertada secretamente con la policía suponía la captura de algunos capitostes de poca monta, cuya evidente incompetencia a ojos de los jerarcas de mayor categoría ponía en peligro los intereses de la organización, al tiempo que le allanaba a él el camino hacia el reconocimiento. Eran pequeñas traiciones que a la larga beneficiarían a todos. Sus previsiones nunca fallaban.
Goran se palpaba insistentemente los genitales. Miró en el cajón de la mesita. Ya no quedaban condones. Se encogió de hombros y, excitado y algo mareado por la momentánea sensación de euforia, se abalanzó sobre Maya, quien emitió un leve quejido al sentir  aquellas manazas sobre sus caderas y comenzó a sollozar aterrada. Sin hacer caso a las súplicas de la chica, la aproximó hacia él, la obligó a abrirse de piernas y la penetró con extrema violencia, al tiempo que le mordisqueaba los pezones hasta hacerlos sangrar y le arañaba la piel de los glúteos. De pronto, dejó de moverse sobre ella y alzó la cara con expresión de haberse acordado de algo importante. Miró por encima de su hombro derecho y se fijó en la chaqueta que colgaba pulcramente del respaldo de una butaca de piel negra. Se incorporó bruscamente y saltó de la cama. Dio dos breves zancadas hasta la butaca y rebuscó en los bolsillos de la prenda. La joven lloraba y hablaba con voz entrecortada en una lengua que él desconocía. Su vagina sangraba. El traficante pareció detenerse por un momento y la miró. En sus ojos no había ni un ápice de compasión. Luego, volvió a concentrarse en su búsqueda y, por fin, hizo un gesto triunfal con el puño alzado y volvió a la cama con una sonrisa depredadora. En su mano izquierda sostenía una pequeña ampolla de vidrio con un líquido amarillento en su interior.
Su proveedor habitual se lo había garantizado: aquella sustancia iba a ser la revolución. Bastaba una gota para alcanzar las estrellas. En menos de una semana se iba a poner en circulación en toda España. Se esperaban montañas de beneficios instantáneos. Eso sí, sólo los que fueran capaces de pagar su elevado precio podrían disfrutar de varias horas de intenso subidón. Ni lo más novedoso en el mercado tenía efectos tan increíbles como aquello. Con apremio, aunque con movimientos torpes, Goran desprecintó el botecito y extrajo el pequeño dispensador vertiendo una única gota en su lengua. La paladeó ruidosamente. Tenía buen sabor, como a limón azucarado. La reacción fue inmediata. Experimentó una agradable sensación de calor que subía desde su bajo vientre. Su pene volvió a trempar. Todo a su alrededor se volvió de intenso color rojo. Se sentía eufórico y un tanto fuera de sí. Agarró con fuerza las pantorrillas de la muchacha, demasiado exhausta y débil para forcejear, y la penetró analmente. Sentía su corazón latir con fuerza. Sus sienes palpitaban. Pensó, abotargado por el esfuerzo, que quizá era una sensación demasiado vívida. Se sentía como en una montaña rusa infinita. El sol parecía brillar al alcance de su mano. Casi podía tocarlo. Sin embargo, todo cambió súbitamente. Parpadeó inquieto y sintió frío. La garganta le escocía como si se la hubiera quemado con agua hirviendo. La energía de sus músculos pareció desvanecerse. Ni siquiera notó como eyaculaba. Le faltaba aire; le costaba respirar. Se llevó una mano al cuello y su rostro se deformó en una mueca de terror. Saltó de la cama tambaleándose y quiso gritar, pero sus cuerdas vocales no fueron capaces de emitir ningún sonido. Las piernas le flaquearon y se desplomó en el suelo. Sus tripas se removieron espasmódicamente. Su esfínter se relajó y, entre fortísimos retortijones, se cagó encima. Su cara pasó del púrpura al amarillo ceroso. Sus ojos estaban inyectados en sangre. A su alrededor se formó un charco de diarrea sanguinolenta y pestilente. 
Maya pareció salir de su letargo y su mente procesó en una fracción de segundo lo que estaba pasando. Comenzó a chillar. Los tres hombres que había en la habitación de al lado entraron como una tromba con sus armas desenfundadas. Por un momento no supieron qué hacer. Primero miraron a Goran, que con un brazo levantado suplicaba ayuda, luego, su atención se centró en la chica, que estaba fuera de sí. Uno de los sicarios se acercó a ella y la golpeó con dureza varias veces hasta que se derrumbó sobre el colchón, inconsciente. Otro marcó un número en su móvil y conversó con alguien al otro lado de la línea. Nadie movió un dedo para atender a Fat Goran, cuyo pecho se elevaba con un sonido borboteante.
Pasaban los minutos con una lentitud exasperante. En la otra sala alguien hablaba en susurros. Ya no se oía el sonido de la televisión. Desde la calle llegaba el ruido del tráfico, que en aquellas horas de la tarde recorría las bulliciosas calles del centro de Barcelona. Goran estaba todavía consciente y percibía con estupor lo que pasaba a su alrededor. Alguien pasó a su lado arrastrando el cuerpo desnudo de la zorra eslovena, cuyos pies descalzos se deslizaron por la moqueta de manera siniestra. Luego cerraron la puerta. Varias moscas que habían surgido quién sabe de dónde revoloteaban sobre su cabeza. Todo el aire de la habitación hedía a heces. Sus heces. Quiso llorar, pero sintió náuseas y vomitó. Se estaba muriendo. Balbuceó algo que nadie pareció oír y comprendió que sólo en su cerebro se habían formado las palabras que su boca adormecida no había podido pronunciar coherentemente. ¿Qué hacían sus hombres? ¿Por qué no acudían a socorrerle? ¡Hijos de puta! ¿Iban a permitir que muriera de aquella forma tan indigna? La fulana parecía haber vuelto al mundo de los vivos, porque podía oír sus sollozos e hipidos al otro lado, mientras una voz masculina le ordenaba en francés que se vistiera con rapidez. Una brutal punzada de dolor abdominal le arrancó un alarido desgarrador. La vida resbalaba por su recto adoptando la apariencia de un flujo oscuro, denso y hediondo. Alguien abrió la puerta y asomó la cabeza. Goran, incapaz de recordar de quién se trataba, miró con ojos desorbitados a aquel tipo que permaneció allí quieto durante unos segundos con la boca desfigurada en una mueca que quería parecer una sonrisa, pero que, en realidad, mostraba las fauces de un depredador inmisericorde. Goran tuvo entonces la certeza de que había sido juzgado y sentenciado y de que todo aquello formaba parte de su ejecución. Luego, se hundió en la nada.
Cuando abrió los ojos, percibió que la luz había cambiado. Ya era de noche y la habitación estaba en penumbras. Su cuerpo estaba rígido y tenía mucho frío. Su respiración era apenas un jadeo ahogado y quejumbroso. Varias moscas correteaban excitadas por la piel manchada del interior de sus glúteos. Giró el cuello con gran esfuerzo hacia la ventana, que ahora estaba abierta, y escuchó los sonidos entremezclados de la calle. Estaba llorando. Un chasquido inesperado y un breve fogonazo fijaron su atención en un rincón de la estancia. Había alguien con él. Las aletas de su nariz se dilataron al percibir el aroma inconfundible de un habano. Reconoció ese olor y sintió un miedo atroz. La luz de una lámpara de sobremesa se encendió y entonces pudo verlo: sentado en la butaca negra, impecablemente vestido con un traje oscuro de corte italiano, su jefe lo observaba con ojos inexpresivos. Dio una calada al habano y saboreó el momento. Sonrió como sonríe el lobo al cordero y habló con voz melosa.
- Oh, Goran... haces mala cara. ¿O es qué has abusado en exceso de los vicios? -cruzó las piernas y dio una nueva calada al cigarro- Siempre te he llamado la atención al respecto. ¿No es así, querido Goran? Te gusta vivir a mil por hora. Disfrutas experimentando nuevas sensaciones. Eres incapaz de quitar el pie del acelerador. ¡Siempre más y más rápido! ¡Más y más alto! ¿Verdad, estimado Goran? Y ya ves... ahora vas y te nos mueres... -descruzó las piernas, inclinó un poco el cuerpo hacia delante y clavó sus fríos ojos en los suyos- ¡Porque no sabes decir basta!.
Fat Goran solamente podía sollozar. Si había albergado alguna esperanza de que toda aquella pesadilla se acabara, en aquel preciso instante supo que sería imposible dar marcha atrás. Estaba finiquitado.
- ¿Qué te ha parecido el nuevo producto? -habló su jefe con fingido interés- ¡No hay duda de que será todo un éxito! Una minúscula gota y ¡PAM! -dio una fuerte palmada sobre su muslo izquierdo- tocas el sol. He decidido bautizarlo como Ícaro, en tu honor -hizo una pausa-. Haces cara de sorprendido... Supongo que conoces la leyenda, ¿verdad? -inclinó su cuerpo hacia delante apoyando una mano sobre el gelatinoso vientre de Goran y le besó en los labios- Quiso volar y tocar al dios Apolo con sus manos y su atrevimiento fue castigado… con la muerte -e irguiéndose un poco le escupió en el rostro-. ¡Maldito hijo de perra!
Fat Goran se estremeció acongojado y fue incapaz de retener su orina, que vertió mojando la moqueta. Su jefe dio un respingo y se apartó poniéndose de pie, visiblemente asqueado. Luego le propinó un fuerte pisotón en los genitales y una patada en la cabeza cuyo hueso temporal se fracturó emitiendo un siniestro chasquido.
-¿A caso pensabas que no lo descubriría?
El gordo traficante, con el cuerpo agitado por fuertes convulsiones, balbuceó lo que parecía una súplica, al tiempo que su jefe se desabrochaba la americana del traje y extraía una pistola con silenciador de su funda sujeta en un costado.
-Quisiste cubrirte de oro y, mírate ahora... ¡Estás cubierto de mierda!
Le apuntó el arma a la frente y apretó el gatillo.

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