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La golondrina repleta de pasajeros se acercaba al pequeño puerto de Sant'Orsino, ubicado en una diminuta bahía natural encajada entre erosionados peñascos de piedra caliza. Desde la embarcación se divisaban las construcciones encaladas típicas del lugar, de tejados planos y con puertas y ventanas pintadas de un intenso azul añil. Solamente la iglesia parroquial, con su alto campanario barroco, el palacio de los marqueses del'Orso y la mole de nueve plantas del Hotel Calipso -en primera línea de costa- parecían desentonar en un paisaje de casas que se apiñaban en aparente desorden en las laderas escarpadas y en las partes más elevadas de los acantilados, donde crecían en precario equilibrio higueras silvestres, encinas y pinos. Hacia el suroeste, a escasos metros del embarcadero donde se mecían perezosos un par de yates y un velero de lujo entre las barcas de vivos colores de los pescadores locales, se distinguía con claridad la estrecha carretera que serpenteaba bordeando un brazo de tierra de suave relieve y que comunicaba el núcleo portuario con la playa de Aguaturquesa y la urbanización del mismo nombre. La playa más famosa de Sant'Orsino, auténtico foco de atracción para los turistas acaudalados que visitaban la isla, era una extensión de dunas y pinares de a penas un kilómetro de longitud, sembrada de mansiones y villas de recreo plenamente integradas en el entorno natural. A esa hora del día la arena tostada aparecía salpicada aquí y allá del naranja y verde de las sombrillas que los propietarios de los chiringuitos alquilaban a los bañistas.
Eran las dos y cuarto de la tarde de un día cálido de principios de junio. El cielo estaba totalmente despejado y un mar Mediterráneo en calma había hecho de la travesía de treinta y dos kilómetros desde el continente un placentero paseo que invitaba a la ensoñación y al sosiego. Por primera vez en mucho tiempo Lorenzo Fontenet se sentía en paz con el mundo y consigo mismo.
Los últimos meses habían sido caóticos; un auténtico desastre tanto en el plano profesional como en el personal. La crisis económica le había obligado a despedir a Lina, su secretaria, a quien todavía debía tres mensualidades. La pobre se había mantenido al pie del cañón hasta el último momento, pero la siutación era insostenible y el negocio ya no generaba suficientes ingresos. Así pues, la fiel Lina se fue a la calle y en él toda la frustración se tradujo en una úlcera estomacal sangrante que le traía por la calle de la amargura. Al parecer, ya nadie requería los servicios de un detective privado. Los casos de maridos cornudos, de malversación de fondos, de testamentos extraviados en extrañas circunstancias tras la muerte del abuelo o de adolescentes desaparecidas, había aumentado en los últimos años, pero muy pocos estaban dispuestos a rascarse el bolsillo para pagar a un profesional y encontrar una posible solución a su particular problema. Por eso, llegó el día en que, con dolor de tripas y los nervios a flor de piel, Fontenet reconoció a regañadientes que quizá había cometido un grave error al abandonar el cuerpo de policía. Pero de nada servía ya lamentarse por decisiones del pasado. Había fracasado, era evidente, y nunca llegaría a ser como esos tipos duros que protagonizaban las novelas de detectives a cuya lectura era tan aficionado. Aquella ocurrencia, recordaba, le había hecho sonreir con cierta amargura y, mientras echaba un último vistazo a su oficina, consideró que, en el colmo del patetismo, sólo le quedaba convertirse en un dato estadístico más engrosando la larga lista de parados.
Una madrugada, haciendo alusión al tan manido tópico de hombre acabado y con propensión al alcoholismo, despertó en su cama apestando a sudor y mugre y con una botella de vodka como única compañera de aventuras. En la penumbra de la habitación, sólo matizada por la luz amarillenta de las farolas de la calle que se filtraba a través de una persiana medio cerrada, fue incapaz de reconocer dónde se encontraba. No podía pensar. Tenía ganas de mear. Le costó un esfuerzo casi sobrehumano incorporarse para ir al cuarto de baño. La habitación giraba vertiginosamente a su alrededor y sus pies parecían hundirse en el parquet del pasillo, transformado en una especie de cieno viscoso. En un par de ocasiones trastabilló y dio con sus huesos en el suelo. Entre maldiciones balbuceantes consiguió finalmente levantarse y llegar a su destino. Con manos temblorosas e inseguras dio con el interruptor de la luz y, al ver su imagen reflejada en el espejo colgado sobre el lavabo, a penas pudo ahogar una exclamación de desagradable sorpresa. El tipo que lo miraba desde el otro lado le era desconocido. Le daba miedo. Tenía el cabello sucio y gruesos mechones apelmazados apuntaban en todas las direcciones. Su rostro sin afeitar desde hacía semanas, aparecía ante él abotargado y pegajoso. Los párpados hinchados y la incipiente y trémula papada deformaban unas facciones que en otro tiempo habían sido atractivas. Sus ojos azules, enrojecidos por los efectos del alcohol, observaron bobalicones la camiseta blanca de tirantes, manchada de sudor y dos tallas más pequeña, que apenas cubría la mitad de su abultado y velludo vientre. Una mueca de desprecio se dibujó en sus labios resecos al comprobar que estaba desnudo de cintura para abajo. Asqueado ante semejante visión, negó débilmente con la cabeza y el suelo pareció deshacerse bajo el peso de su cuerpo. Aquel despojo reflejado en el espejo había dejado de ser Lorenzo Fontenet, para convertirse en su esperpéntica caricatura.
Todavía conmocionado, se sento en la bañera y abrió el grifo permaneciendo varios minutos bajo el chorro de agua helada que expulsaba la alcachofa de la ducha. Cada gota era como una pequeña aguja que se clavaba en su piel y que parecía arrastrar consigo parte de la podredumbre que lo inundaba todo. No se sintió anímicamente mejor, pero al menos borró parte de los efectos de la resaca. Luego, con una toalla envuelta en la cintura, entró en la cocina para hacerse un café bien cargado y entonces vió sobre la mesa, junto al frutero, una hoja de papel con algunas líneas escritas. Reconoció la letra de su hija Julia y tuvo un mal presentimiento. Tragó saliva y leyó con ojos empañados. Al instante notó como una náusea ácida y ardiente subía por su esófago. Se dobló dolorosamente y vomitó en el fregadero todo el contenido del estómago hasta que, exhausto y agitado por fuertes espasmos, se dejó caer sobre el fresco suelo ajedrezado. Allí lloró apesadumbrado y cada lágrima rebosaba soledad y rechazo a sí mismo.
Julia se había marchado furtivamente como lo había hecho su madre siete años atrás. En aquella ocasión Norah -así se llamaba su mujer- había hecho las maletas, había dejado una breve nota sobre la mesa de la cocina, junto al frutero, se había llevado lo poco que tenían en la cuenta de ahorros y le había abandonado con una niña de diez años que, a partir de entonces, culparía a su padre de todo lo sucedido, sin llegar a comprender en su totalidad la auténtica dimensión de aquel trascendetal acontecimiento. Nunca más tuvieron noticia alguna de Norah. Al igual que aquella, pensó Fontenet, su hija había decidido emprender por su cuenta una nueva singladura vital, alejada de la mediocre, anodina y derrotada existencia que había supuesto convivir con un hombre poco cariñoso, escasamente ambicioso y demasiado conformista con lo que le ofrecía la vida. Como demanda final, Julia le pedía -aunque más bien parecía exigirle- que no la buscara; que la olvidara. Ella ya había empezado a olvidarle.
Algunas semanas más tarde, agotado por la sensación de pérdida y por la autocompasión, Fontenet tomó una decisión que, se conveció a sí mismo, habría de cambiar su destino: volvería a Sant'Orsino, su tierra natal, que había dejado siendo niño para marchar con sus padres al continente en busca de nuevas y prometedoras oportunidades. Estaba dispuesto a comenzar de nuevo; deseaba apartar de su corazón y de su pensamiento todo lo que había sido su vida hasta aquel preciso instante. Movido por una intensa y renovada energía, empaquetó sus pertenencias más preciadas -no fueron necesarias más de dos cajas medianas-, sacó el poco dinero ahorrado que todavía le quedaba en el banco, puso en venta la casa e informó de sus intenciones a Massimo, un primo segundo que vivía en la isla y con quien todavía mantenía contacto por carta.
El patrón de la golondrina comunicó por megafonía que estaban a punto de atracar en el muelle. Fontenet, ensimismado en sus pensamientos, había perdido toda noción del tiempo y, al mirar por uno de los ventanales de la cubierta de pasajeros, se sorprendió al descubrir tan cerca el edificio de la lonja del pescado, el ayuntamiento, la estafeta de correos y los bares con toldos de vivos colores que circundaban aquel puerto conocido, escenario de los días de su niñez. Pero sin duda la mayor de las sorpresas fue comprobar -por un momento creyó estar soñando- lo poco que había cambiado Sant'Orsino desde su marcha hacía ya tres décadas.
Inspiró y espiró varias veces antes de bajar de la embarcación, intentando calmar el frenético bombeo de su corazón. Experimentó un leve mareo al dar el primer paso sobre la escalerilla de desembarco y, por un segundo, volvió a vacilar. ¿Había tomado el camino adecuado o se había precipitado de nuevo, como era costumbre en él? Era un hombre de cuarenta y tres años sin un objetivo concreto, cuyo pasado reciente resultaba un lastre muy pesado que amenazaba con hundirle a la primera portunidad en un profundo abismo de melancolía y depresión. El espejismo había durado demasiado poco y la energía que le había activado en las últimas semanas se estaba desvaneciendo rápidamente. Sus músculos estaban agarrotados como si hubieran sido sometidos a una actividad física extenuante.
- ¡Estúpido cobarde! Te estás dejando llevar por el pánico -se dijo entre dientes mientras se apartaba para dejar paso a un grupo de pasajeros que, ajenos a su angustia, bajaban al muelle entre risas y alegres aspavientos- ¡No seas gilipollas! No des tu brazo a torcer sin oponer algo más de resistencia -y pensó en su mujer y en su hija con tristeza y rencor- o ellas tendrán razón.
Entonces agarró su maleta sin demasiada convicción y bajó la escalerilla con paso inseguro y la ropa empapada en sudor.