11 sept 2011

LA ISLA DE SANT'ORSINO (1)

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La golondrina repleta de pasajeros se acercaba al pequeño puerto de Sant'Orsino, ubicado en una diminuta bahía natural encajada entre erosionados peñascos de piedra caliza. Desde la embarcación se divisaban las construcciones encaladas típicas del lugar, de tejados planos y con puertas y ventanas pintadas de un intenso azul añil. Solamente la iglesia parroquial, con su alto campanario barroco, el palacio de los marqueses del'Orso y la mole de nueve plantas del Hotel Calipso -en primera línea de costa- parecían desentonar en un paisaje de casas que se apiñaban en aparente desorden en las laderas escarpadas y en las partes más elevadas de los acantilados, donde crecían en precario equilibrio higueras silvestres, encinas y pinos. Hacia el suroeste, a escasos metros del embarcadero donde se mecían perezosos un par de yates y un velero de lujo entre las barcas de vivos colores de los pescadores locales, se distinguía con claridad la estrecha carretera que serpenteaba bordeando un brazo de tierra de suave relieve y que comunicaba el núcleo portuario con la playa de Aguaturquesa y la urbanización del mismo nombre. La playa más famosa de Sant'Orsino, auténtico foco de atracción para los turistas acaudalados que visitaban la isla, era una extensión de dunas y pinares de a penas un kilómetro de longitud, sembrada de mansiones y villas de recreo plenamente integradas en el entorno natural. A esa hora del día la arena tostada aparecía salpicada aquí y allá del naranja y verde de las sombrillas que los propietarios de los chiringuitos alquilaban a los bañistas.
Eran las dos y cuarto de la tarde de un día cálido de principios de junio. El cielo estaba totalmente despejado y un mar Mediterráneo en calma había hecho de la travesía de treinta y dos kilómetros desde el continente un placentero paseo que invitaba a la ensoñación y al sosiego. Por primera vez en mucho tiempo Lorenzo Fontenet se sentía en paz con el mundo y consigo mismo.

Los últimos meses habían sido caóticos; un auténtico desastre tanto en el plano profesional como en el personal. La crisis económica le había obligado a despedir a Lina, su secretaria, a quien todavía debía tres mensualidades. La pobre se había mantenido al pie del cañón hasta el último momento, pero la siutación era insostenible y el negocio ya no generaba suficientes ingresos. Así pues, la fiel Lina se fue a la calle y en él toda la frustración se tradujo en una úlcera estomacal sangrante que le traía por la calle de la amargura. Al parecer, ya nadie requería los servicios de un detective privado. Los casos de maridos cornudos, de malversación de fondos, de testamentos extraviados en extrañas circunstancias tras la muerte del abuelo o de adolescentes desaparecidas, había aumentado en los últimos años, pero muy pocos estaban dispuestos a rascarse el bolsillo para pagar a un profesional y encontrar una posible solución a su particular problema. Por eso, llegó el día en que, con dolor de tripas y los nervios a flor de piel, Fontenet reconoció a regañadientes que quizá había cometido un grave error al abandonar el cuerpo de policía. Pero de nada servía ya lamentarse por decisiones del pasado. Había fracasado, era evidente, y nunca llegaría a ser como esos tipos duros que protagonizaban las novelas de detectives a cuya lectura era tan aficionado. Aquella ocurrencia, recordaba, le había hecho sonreir con cierta amargura y, mientras echaba un último vistazo a su oficina, consideró que, en el colmo del patetismo, sólo le quedaba convertirse en un dato estadístico más engrosando la larga lista de parados.
Una madrugada, haciendo alusión al tan manido tópico de hombre acabado y con propensión al alcoholismo, despertó en su cama apestando a sudor y mugre y con una botella de vodka como única compañera de aventuras. En la penumbra de la habitación, sólo matizada por la luz amarillenta de las farolas de la calle que se filtraba a través de una persiana medio cerrada, fue incapaz de reconocer dónde se encontraba. No podía pensar. Tenía ganas de mear. Le costó un esfuerzo casi sobrehumano incorporarse para ir al cuarto de baño. La habitación giraba vertiginosamente a su alrededor y sus pies parecían hundirse en el parquet del pasillo, transformado en una especie de cieno viscoso. En un par de ocasiones trastabilló y dio con sus huesos en el suelo. Entre maldiciones balbuceantes consiguió finalmente levantarse y llegar a su destino. Con manos temblorosas e inseguras dio con el interruptor de la luz y, al ver su imagen reflejada en el espejo colgado sobre el lavabo, a penas pudo ahogar una exclamación de desagradable sorpresa. El tipo que lo miraba desde el otro lado le era desconocido. Le daba miedo. Tenía el cabello sucio y gruesos mechones apelmazados apuntaban en todas las direcciones. Su rostro sin afeitar desde hacía semanas, aparecía ante él abotargado y pegajoso. Los párpados hinchados y la incipiente y trémula papada deformaban unas facciones que en otro tiempo habían sido atractivas. Sus ojos azules, enrojecidos por los efectos del alcohol, observaron bobalicones la camiseta blanca de tirantes, manchada de sudor y dos tallas más pequeña, que apenas cubría la mitad de su abultado y velludo vientre. Una mueca de desprecio se dibujó en sus labios resecos al comprobar que estaba desnudo de cintura para abajo. Asqueado ante semejante visión, negó débilmente con la cabeza y el suelo pareció deshacerse bajo el peso de su cuerpo. Aquel despojo reflejado en el espejo había dejado de ser Lorenzo Fontenet, para convertirse en su esperpéntica caricatura.
Todavía conmocionado, se sento en la bañera y abrió el grifo permaneciendo varios minutos bajo el chorro de agua helada que expulsaba la alcachofa de la ducha. Cada gota era como una pequeña aguja que se clavaba en su piel y que parecía arrastrar consigo parte de la podredumbre que lo inundaba todo. No se sintió anímicamente mejor, pero al menos borró parte de los efectos de la resaca. Luego, con una toalla envuelta en la cintura, entró en la cocina para hacerse un café bien cargado y entonces vió sobre la mesa, junto al frutero, una hoja de papel con algunas líneas escritas. Reconoció la letra de su hija Julia y tuvo un mal presentimiento. Tragó saliva y leyó con ojos empañados. Al instante notó como una náusea ácida y ardiente subía por su esófago. Se dobló dolorosamente y vomitó en el fregadero todo el contenido del estómago hasta que, exhausto y agitado por fuertes espasmos, se dejó caer sobre el fresco suelo ajedrezado. Allí lloró apesadumbrado y cada lágrima rebosaba soledad y rechazo a sí mismo.
Julia se había marchado furtivamente como lo había hecho su madre siete años atrás. En aquella ocasión Norah -así se llamaba su mujer- había hecho las maletas, había dejado una breve nota sobre la mesa de la cocina, junto al frutero, se había llevado lo poco que tenían en la cuenta de ahorros y le había abandonado con una niña de diez años que, a partir de entonces, culparía a su padre de todo lo sucedido, sin llegar a comprender en su totalidad la auténtica dimensión de aquel trascendetal acontecimiento. Nunca más tuvieron noticia alguna de Norah. Al igual que aquella, pensó Fontenet, su hija había decidido emprender por su cuenta una nueva singladura vital, alejada de la mediocre, anodina y derrotada existencia que había supuesto convivir con un hombre poco cariñoso, escasamente ambicioso y demasiado conformista con lo que le ofrecía la vida. Como demanda final, Julia le pedía -aunque más bien parecía exigirle- que no la buscara; que la olvidara. Ella ya había empezado a olvidarle.
Algunas semanas más tarde, agotado por la sensación de pérdida y por la autocompasión, Fontenet tomó una decisión que, se conveció a sí mismo, habría de cambiar su destino: volvería a Sant'Orsino, su tierra natal, que había dejado siendo niño para marchar con sus padres al continente en busca de nuevas y prometedoras oportunidades. Estaba dispuesto a comenzar de nuevo; deseaba apartar de su corazón y de su pensamiento todo lo que había sido su vida hasta aquel preciso instante. Movido por una intensa y renovada energía, empaquetó sus pertenencias más preciadas -no fueron necesarias más de dos cajas medianas-, sacó el poco dinero ahorrado que todavía le quedaba en el banco, puso en venta la casa e informó de sus intenciones a Massimo, un primo segundo que vivía en la isla y con quien todavía mantenía contacto por carta.

El patrón de la golondrina comunicó por megafonía que estaban a punto de atracar en el muelle. Fontenet, ensimismado en sus pensamientos, había perdido toda noción del tiempo y, al mirar por uno de los ventanales de la cubierta de pasajeros, se sorprendió al descubrir tan cerca el edificio de la lonja del pescado, el ayuntamiento, la estafeta de correos y los bares con toldos de vivos colores que circundaban aquel puerto conocido, escenario de los días de su niñez. Pero sin duda la mayor de las sorpresas fue comprobar -por un momento creyó estar soñando- lo poco que había cambiado Sant'Orsino desde su marcha hacía ya tres décadas.
Inspiró y espiró varias veces antes de bajar de la embarcación, intentando calmar el frenético bombeo de su corazón. Experimentó un leve mareo al dar el primer paso sobre la escalerilla de desembarco y, por un segundo, volvió a vacilar. ¿Había tomado el camino adecuado o se había precipitado de nuevo, como era costumbre en él? Era un hombre de cuarenta y tres años sin un objetivo concreto, cuyo pasado reciente resultaba un lastre muy pesado que amenazaba con hundirle a la primera portunidad en un profundo abismo de melancolía y depresión. El espejismo había durado demasiado poco y la energía que le había activado en las últimas semanas se estaba desvaneciendo rápidamente. Sus músculos estaban agarrotados como si hubieran sido sometidos a una actividad física extenuante.
- ¡Estúpido cobarde! Te estás dejando llevar por el pánico -se dijo entre dientes mientras se apartaba para dejar paso a un grupo de pasajeros que, ajenos a su angustia, bajaban al muelle entre risas y alegres aspavientos- ¡No seas gilipollas! No des tu brazo a torcer sin oponer algo más de resistencia -y pensó en su mujer y en su hija con tristeza y rencor- o ellas tendrán razón.
Entonces agarró su maleta sin demasiada convicción y bajó la escalerilla con paso inseguro y la ropa empapada en sudor.

10 ago 2011

UNA BALA PARA ÍCARO

Fat Goran se incorporó apoyando la espalda en el cabecero de la cama, pasó ambas manos por su rostro sudoroso y cogió la pequeña bandeja de acero inoxidable que había sobre la mesita de noche. Con una cuchilla de afeitar cortó el polvo blanco que contenía y preparó dos estrechas rayas con sus fríos ojos azules fijos en la delicada maniobra. A continuación, introdujo un estrecho y corto tubo metálico en uno de los orificios de su nariz y, aproximando la cara, aspiró con fuerza. Cerró los ojos. Parpadeó varias veces y respiró de manera entrecortada. Se apretó la nariz con los dedos índice y pulgar y masajeó el tabique nasal, emitiendo un par de jadeos ahogados que hicieron vibrar la flácida y carnosa papada que deformaba su cuello. Miró a la chica tumbada a su lado, que lo observaba asqueada con ojos enrojecidos, y le ofreció la bandeja. Ella, en respuesta a su ofrecimiento, se giró en el colchón dándole la espalda. El tipo se encogió de hombros y con un rápido movimiento esnifó la segunda raya. La habitación del hotel pareció difuminarse por momentos y todos los muebles y objetos adquirieron la apariencia de borrones acuosos de colores tornasolados. Se sentó en el borde del colchón y tomó un largo trago de una botella de ginebra que había en el suelo. Desde la sala que había al otro lado de la puerta se oía el sonido de la televisión y las carcajadas de tres de sus hombres. Esperaban para llevarse a la puta. Quizá también se la follarían. No lo sabía a ciencia cierta. La verdad era que lo que luego hicieran con ella, o con su cuerpo, le era totalmente indiferente. Se levantó y dio unos pasos a punto de perder el equilibrio. Se detuvo en seco y, soltando una maldición, levantó el pie izquierdo, no sin dificultad, y con dos dedos despegó de la planta un condón usado. Había varios de ellos diseminados por la moqueta lila que cubría el suelo. Dos más vertían su contenido sobre el cristal que cubría la mesita. Se rascó los testículos y se encaminó al cuarto de baño dando saltitos con sus piernas arqueadas y demasiado cortas. Orinó y dejó escapar varias sonoras ventosidades, hecho que le provocó un ataque de risa, seguido de un acceso de tos. Regurgitó algo que escupió en la taza del váter y tiró de la cadena. Al volver a la cama observó que la chica permanecía todavía en la misma posición. Su respiración era casi inaudible y acompasada, como si durmiera. Él sabía que estaba despierta y muy asustada. Esa certeza le hizo sonreír y notó como su pene se erguía de nuevo. Se tumbó en la cama y rebuscó entre las sábanas revueltas y sudadas hasta encontrar un paquete de cigarrillos. Encendió uno y le dio una calada. Su cerebro bullía alucinado. Pensamientos plagados de imágenes caleidoscópicas se elevaban al tiempo que las juguetonas volutas de humo. Volvió a sonreír e hilillos de saliva resbalaron por las comisuras de sus labios.
Goran Petrovich, o Fat Goran, como se le conocía en el mundillo sumergido del narcotráfico barcelonés, resopló satisfecho y se quedó quieto durante unos instantes, paseando una mano por su pecho obeso de gruesas tetas, mientras la otra reposaba sobre su abultado vientre de piel rosada y pecosa. Giró la cabeza hacia la muchacha y recorrió con ojos turbios y lascivos la larga y oscura melena rizada, la hermosa espalda, las estrechas caderas, los gluteos redondos y suaves y las piernas largas de músculos flexibles. Había sido un regalo inesperado que su jefe le había enviado en reconocimiento por su fidelidad y buen hacer en los negocios. Se llamaba Maya, tenía diecinueve años y era eslovena, o al menos eso había entendido, pues habían intercambiado algunas frases en francés, idioma que él apenas chapurreaba erráticamente. Al principio, ella se había resistido; le había parecido demasiado remilgada. Pero un par de bofetones bien dados la habían suavizado como la mantequilla. La lástima había sido golpear un rostro tan bonito como el suyo, con aquellos ojos color miel, la nariz fina y recta y los labios carnosos, que ahora deslucían algo amoratados. Sin embargo, desde ese preciso momento había hecho sin quejarse todo lo que le había pedido. Había soltado más de una lágrima, eso sí, pero había comprendido que era mejor ceder a sus caprichos sin rechistar. ¡Y como había disfrutado al descubrir que era virgen! Aquel era un detalle que su jefe, sin duda, había tenido muy en cuenta a la hora de agasajarlo. Se entendían a las mil maravillas, su jefe y él; eran uña y carne. Fat Goran no dudaba en jactarse ante los demás de su buena estrella. Había ascendido de manera fulgurante en la jerarquía de la organización y, ahora, no habiendo cumplido todavía los cuarenta años, gozaba de importantes privilegios y prestaciones. Y aquello se debía a su innata astucia para los acuerdos y las transacciones entre intermediarios y clientes. Era inteligente y no le faltaba creatividad a la hora de afrontar un negocio. De esa manera, al mismo tiempo que las arcas de la organización se llenaban más y más, gracias al constante éxito de su labor, sus múltiples cuentas bancarias abiertas en los principales paraísos fiscales del mundo multiplicaban geométricamente la cantidad de ceros. Sí, era muy bueno, y eso hasta su jefe lo reconocía sin ningún pudor. Ahora bien, Goran era demasiado ambicioso para conformarse con el mero papel de subalterno, por muy lucrativo que éste fuera. Quería una generosa porción del pastel y para ello había optado por eliminar a sus competidores más directos poco a poco, con mucha paciencia. De vez en cuando una cita concertada secretamente con la policía suponía la captura de algunos capitostes de poca monta, cuya evidente incompetencia a ojos de los jerarcas de mayor categoría ponía en peligro los intereses de la organización, al tiempo que le allanaba a él el camino hacia el reconocimiento. Eran pequeñas traiciones que a la larga beneficiarían a todos. Sus previsiones nunca fallaban.
Goran se palpaba insistentemente los genitales. Miró en el cajón de la mesita. Ya no quedaban condones. Se encogió de hombros y, excitado y algo mareado por la momentánea sensación de euforia, se abalanzó sobre Maya, quien emitió un leve quejido al sentir  aquellas manazas sobre sus caderas y comenzó a sollozar aterrada. Sin hacer caso a las súplicas de la chica, la aproximó hacia él, la obligó a abrirse de piernas y la penetró con extrema violencia, al tiempo que le mordisqueaba los pezones hasta hacerlos sangrar y le arañaba la piel de los glúteos. De pronto, dejó de moverse sobre ella y alzó la cara con expresión de haberse acordado de algo importante. Miró por encima de su hombro derecho y se fijó en la chaqueta que colgaba pulcramente del respaldo de una butaca de piel negra. Se incorporó bruscamente y saltó de la cama. Dio dos breves zancadas hasta la butaca y rebuscó en los bolsillos de la prenda. La joven lloraba y hablaba con voz entrecortada en una lengua que él desconocía. Su vagina sangraba. El traficante pareció detenerse por un momento y la miró. En sus ojos no había ni un ápice de compasión. Luego, volvió a concentrarse en su búsqueda y, por fin, hizo un gesto triunfal con el puño alzado y volvió a la cama con una sonrisa depredadora. En su mano izquierda sostenía una pequeña ampolla de vidrio con un líquido amarillento en su interior.
Su proveedor habitual se lo había garantizado: aquella sustancia iba a ser la revolución. Bastaba una gota para alcanzar las estrellas. En menos de una semana se iba a poner en circulación en toda España. Se esperaban montañas de beneficios instantáneos. Eso sí, sólo los que fueran capaces de pagar su elevado precio podrían disfrutar de varias horas de intenso subidón. Ni lo más novedoso en el mercado tenía efectos tan increíbles como aquello. Con apremio, aunque con movimientos torpes, Goran desprecintó el botecito y extrajo el pequeño dispensador vertiendo una única gota en su lengua. La paladeó ruidosamente. Tenía buen sabor, como a limón azucarado. La reacción fue inmediata. Experimentó una agradable sensación de calor que subía desde su bajo vientre. Su pene volvió a trempar. Todo a su alrededor se volvió de intenso color rojo. Se sentía eufórico y un tanto fuera de sí. Agarró con fuerza las pantorrillas de la muchacha, demasiado exhausta y débil para forcejear, y la penetró analmente. Sentía su corazón latir con fuerza. Sus sienes palpitaban. Pensó, abotargado por el esfuerzo, que quizá era una sensación demasiado vívida. Se sentía como en una montaña rusa infinita. El sol parecía brillar al alcance de su mano. Casi podía tocarlo. Sin embargo, todo cambió súbitamente. Parpadeó inquieto y sintió frío. La garganta le escocía como si se la hubiera quemado con agua hirviendo. La energía de sus músculos pareció desvanecerse. Ni siquiera notó como eyaculaba. Le faltaba aire; le costaba respirar. Se llevó una mano al cuello y su rostro se deformó en una mueca de terror. Saltó de la cama tambaleándose y quiso gritar, pero sus cuerdas vocales no fueron capaces de emitir ningún sonido. Las piernas le flaquearon y se desplomó en el suelo. Sus tripas se removieron espasmódicamente. Su esfínter se relajó y, entre fortísimos retortijones, se cagó encima. Su cara pasó del púrpura al amarillo ceroso. Sus ojos estaban inyectados en sangre. A su alrededor se formó un charco de diarrea sanguinolenta y pestilente. 
Maya pareció salir de su letargo y su mente procesó en una fracción de segundo lo que estaba pasando. Comenzó a chillar. Los tres hombres que había en la habitación de al lado entraron como una tromba con sus armas desenfundadas. Por un momento no supieron qué hacer. Primero miraron a Goran, que con un brazo levantado suplicaba ayuda, luego, su atención se centró en la chica, que estaba fuera de sí. Uno de los sicarios se acercó a ella y la golpeó con dureza varias veces hasta que se derrumbó sobre el colchón, inconsciente. Otro marcó un número en su móvil y conversó con alguien al otro lado de la línea. Nadie movió un dedo para atender a Fat Goran, cuyo pecho se elevaba con un sonido borboteante.
Pasaban los minutos con una lentitud exasperante. En la otra sala alguien hablaba en susurros. Ya no se oía el sonido de la televisión. Desde la calle llegaba el ruido del tráfico, que en aquellas horas de la tarde recorría las bulliciosas calles del centro de Barcelona. Goran estaba todavía consciente y percibía con estupor lo que pasaba a su alrededor. Alguien pasó a su lado arrastrando el cuerpo desnudo de la zorra eslovena, cuyos pies descalzos se deslizaron por la moqueta de manera siniestra. Luego cerraron la puerta. Varias moscas que habían surgido quién sabe de dónde revoloteaban sobre su cabeza. Todo el aire de la habitación hedía a heces. Sus heces. Quiso llorar, pero sintió náuseas y vomitó. Se estaba muriendo. Balbuceó algo que nadie pareció oír y comprendió que sólo en su cerebro se habían formado las palabras que su boca adormecida no había podido pronunciar coherentemente. ¿Qué hacían sus hombres? ¿Por qué no acudían a socorrerle? ¡Hijos de puta! ¿Iban a permitir que muriera de aquella forma tan indigna? La fulana parecía haber vuelto al mundo de los vivos, porque podía oír sus sollozos e hipidos al otro lado, mientras una voz masculina le ordenaba en francés que se vistiera con rapidez. Una brutal punzada de dolor abdominal le arrancó un alarido desgarrador. La vida resbalaba por su recto adoptando la apariencia de un flujo oscuro, denso y hediondo. Alguien abrió la puerta y asomó la cabeza. Goran, incapaz de recordar de quién se trataba, miró con ojos desorbitados a aquel tipo que permaneció allí quieto durante unos segundos con la boca desfigurada en una mueca que quería parecer una sonrisa, pero que, en realidad, mostraba las fauces de un depredador inmisericorde. Goran tuvo entonces la certeza de que había sido juzgado y sentenciado y de que todo aquello formaba parte de su ejecución. Luego, se hundió en la nada.
Cuando abrió los ojos, percibió que la luz había cambiado. Ya era de noche y la habitación estaba en penumbras. Su cuerpo estaba rígido y tenía mucho frío. Su respiración era apenas un jadeo ahogado y quejumbroso. Varias moscas correteaban excitadas por la piel manchada del interior de sus glúteos. Giró el cuello con gran esfuerzo hacia la ventana, que ahora estaba abierta, y escuchó los sonidos entremezclados de la calle. Estaba llorando. Un chasquido inesperado y un breve fogonazo fijaron su atención en un rincón de la estancia. Había alguien con él. Las aletas de su nariz se dilataron al percibir el aroma inconfundible de un habano. Reconoció ese olor y sintió un miedo atroz. La luz de una lámpara de sobremesa se encendió y entonces pudo verlo: sentado en la butaca negra, impecablemente vestido con un traje oscuro de corte italiano, su jefe lo observaba con ojos inexpresivos. Dio una calada al habano y saboreó el momento. Sonrió como sonríe el lobo al cordero y habló con voz melosa.
- Oh, Goran... haces mala cara. ¿O es qué has abusado en exceso de los vicios? -cruzó las piernas y dio una nueva calada al cigarro- Siempre te he llamado la atención al respecto. ¿No es así, querido Goran? Te gusta vivir a mil por hora. Disfrutas experimentando nuevas sensaciones. Eres incapaz de quitar el pie del acelerador. ¡Siempre más y más rápido! ¡Más y más alto! ¿Verdad, estimado Goran? Y ya ves... ahora vas y te nos mueres... -descruzó las piernas, inclinó un poco el cuerpo hacia delante y clavó sus fríos ojos en los suyos- ¡Porque no sabes decir basta!.
Fat Goran solamente podía sollozar. Si había albergado alguna esperanza de que toda aquella pesadilla se acabara, en aquel preciso instante supo que sería imposible dar marcha atrás. Estaba finiquitado.
- ¿Qué te ha parecido el nuevo producto? -habló su jefe con fingido interés- ¡No hay duda de que será todo un éxito! Una minúscula gota y ¡PAM! -dio una fuerte palmada sobre su muslo izquierdo- tocas el sol. He decidido bautizarlo como Ícaro, en tu honor -hizo una pausa-. Haces cara de sorprendido... Supongo que conoces la leyenda, ¿verdad? -inclinó su cuerpo hacia delante apoyando una mano sobre el gelatinoso vientre de Goran y le besó en los labios- Quiso volar y tocar al dios Apolo con sus manos y su atrevimiento fue castigado… con la muerte -e irguiéndose un poco le escupió en el rostro-. ¡Maldito hijo de perra!
Fat Goran se estremeció acongojado y fue incapaz de retener su orina, que vertió mojando la moqueta. Su jefe dio un respingo y se apartó poniéndose de pie, visiblemente asqueado. Luego le propinó un fuerte pisotón en los genitales y una patada en la cabeza cuyo hueso temporal se fracturó emitiendo un siniestro chasquido.
-¿A caso pensabas que no lo descubriría?
El gordo traficante, con el cuerpo agitado por fuertes convulsiones, balbuceó lo que parecía una súplica, al tiempo que su jefe se desabrochaba la americana del traje y extraía una pistola con silenciador de su funda sujeta en un costado.
-Quisiste cubrirte de oro y, mírate ahora... ¡Estás cubierto de mierda!
Le apuntó el arma a la frente y apretó el gatillo.